Cuando constituí mi primera empresa, allá por el año 1995, pensaba que tenía ya todos los ingredientes necesarios para triunfar en el apasionante mundo de los negocios. Había terminado cinco años antes la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales, finalicé  un MBA en una escuela de negocios que me había enseñado los pormenores de la gestión de las empresas desde un punto de vista directivo y había trabajado por cuenta ajena durante cinco años. Además en el mismo ámbito de la consultoría al que ahora me iba a dedicar, lo que me había dado una experiencia profesional bastante considerable.

Con una pequeña aportación de capital, me asocié con un compañero de trabajo de mi antigua empresa, abogado, nos fuimos e iniciamos nuestra andadura emprendedora. Consultores y asesores estratégicos especializados en el sector asegurador nada más y nada menos. Y eso que teníamos veintinueve añitos.

Alquilamos una pequeña oficina, contratamos un par de líneas de teléfono, nos compramos un par de elegantes trajes oscuros y comenzamos a hacer visitas a potenciales clientes. Algunos de éstos eran ya viejos conocidos de nuestra andadura profesional anterior, por lo que conseguíamos las entrevistas con los responsables indicados sin demasiado problema.

Sin embargo, lo cierto es que los contratos no llegaban con la rapidez que nuestro Plan de Negocio había estimado. Es más, llegaban muchísimo más lentamente. Algún curso de formación aislado por ahí, un proyecto de consultoría de organización de algún departamento por allá, el diseño de un sistema de retribución comercial por otro lado, pero poco más. Nos preguntábamos que podía estar fallando. Si los ingredientes estaban, ¿cuál era el problema?. ¿Serían, quizás, los clientes o el mercado que no sabían valorar las capacidades de dos grandes profesionales?. (más…)

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Entramos ya en fechas en las que las vacaciones y el descanso empiezan a tomar cuerpo para la gran mayoría de nosotros. Los mensajes de “Out of Office” en el correo electrónico, las llamadas a empresas en las que te dicen que la persona a la que buscas “está de vacaciones” o los contestadores automáticos en los teléfonos móviles son elementos habituales durante los meses de julio, agosto y buena parte de septiembre.

Es tiempo de descanso y diversión. Es tiempo de recargar pilas para entrar con fuerza en el nuevo curso. Sin embargo, probablemente estés de acuerdo conmigo en que el verano es también un tiempo ideal para hacer balance de lo realizado y plantear lo que quieres que sea la última parte del año. Es también un buen momento para dedicar algo de tu tiempo a tu desarrollo, haciendo esas cosas que muchas veces no haces a lo largo del año por falta precisamente de eso, de tiempo. (más…)

Que estamos en crisis es un hecho evidente. Que el mercado y nuestro entorno se encuentran en un momento que no facilita la consecución de negocio es la consecuencia natural de dicha crisis. Pero, ante esta situación, ¿qué podemos hacer?. Si pretendemos continuar manteniendo el negocio y generando riqueza, es necesario que mantengamos e incluso, aumentemos nuestra competitividad.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, Competitividad se define como “capacidad de competir; rivalidad para la consecución de un fin”.

En términos de mercado y negocios, son muchas las definiciones de competitividad que se han publicado. J.C. Mathews propone que la competitividad se define como “la capacidad que tiene una organización, pública o privada, con o sin fines de lucro, de lograr y mantener ventajas que le permitan consolidar y mejorar su posición en el entorno socioeconómico en el que se desenvuelve”

Para M. Porter, el concepto de competitividad conlleva al concepto de excelencia, que implica eficiencia y eficacia por parte de la organización.

Sea cual sea la definición que adoptemos para el término, lo cierto es que todas coinciden en que ser competitivos exige:

  • Capacidad de desenvolverse en el mercado, a través de un nivel de calidad y excelencia adecuados a los requerimientos de los clientes
  • Capacidad de defenderse e, incluso, superar a los competidores.

Si una empresa no cumple con cualquiera de estos objetivos, dejará de ser competitiva y será expulsada del mercado. Más aún en esta época en la que la capacidad de consumo se ralentiza y ya no hay “tanta alegría” en la compra. Por tanto, estamos obligados a hacer cada vez mejor las cosas y a diferenciarnos cada vez más para mantenernos en el mercado.

Frente a esta orientación hacia la competitividad, son muchas las empresas que, ante la crisis, han decidido reducir los gastos e inversiones. Han reducido su publicidad, han eliminado las inversiones en formación para el personal, han abandonado la innovación y el diseño y se han centrado en actuaciones tendentes a la reducción de la cifra de gastos. De esta manera, continúan manteniendo beneficios a pesar de no elevar los ingresos. Pero, ¿es esto una estrategia de futuro?. ¿Qué pasa cuando ya se han reducido los gastos al máximo y ya no podemos disminuir más puesto que necesitamos los recursos mínimos para producir y distribuir?. (más…)

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Hasta ahora, tú has llegado donde estás por lo que has aprendido hasta este momento. Cualquier progreso que te plantees conseguir de aquí en adelante implicará necesariamente que tendrás que aprender y practicar algo nuevo. (más…)