Cuando constituí mi primera empresa, allá por el año 1995, pensaba que tenía ya todos los ingredientes necesarios para triunfar en el apasionante mundo de los negocios. Había terminado cinco años antes la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales, finalicé  un MBA en una escuela de negocios que me había enseñado los pormenores de la gestión de las empresas desde un punto de vista directivo y había trabajado por cuenta ajena durante cinco años. Además en el mismo ámbito de la consultoría al que ahora me iba a dedicar, lo que me había dado una experiencia profesional bastante considerable.

Con una pequeña aportación de capital, me asocié con un compañero de trabajo de mi antigua empresa, abogado, nos fuimos e iniciamos nuestra andadura emprendedora. Consultores y asesores estratégicos especializados en el sector asegurador nada más y nada menos. Y eso que teníamos veintinueve añitos.

Alquilamos una pequeña oficina, contratamos un par de líneas de teléfono, nos compramos un par de elegantes trajes oscuros y comenzamos a hacer visitas a potenciales clientes. Algunos de éstos eran ya viejos conocidos de nuestra andadura profesional anterior, por lo que conseguíamos las entrevistas con los responsables indicados sin demasiado problema.

Sin embargo, lo cierto es que los contratos no llegaban con la rapidez que nuestro Plan de Negocio había estimado. Es más, llegaban muchísimo más lentamente. Algún curso de formación aislado por ahí, un proyecto de consultoría de organización de algún departamento por allá, el diseño de un sistema de retribución comercial por otro lado, pero poco más. Nos preguntábamos que podía estar fallando. Si los ingredientes estaban, ¿cuál era el problema?. ¿Serían, quizás, los clientes o el mercado que no sabían valorar las capacidades de dos grandes profesionales?.

Recuerdo que en unas Jornadas Profesionales de esas en las que te pones al día sobre el tema de moda, coincidí con un ex directivo de una gran compañía de seguros que, por aquel entonces se dedicaba también por su cuenta al negocio de la consultoría. Era amigo y competidor al mismo tiempo. Recuerdo que le comenté nuestra situación y, tras escucharla con detalle como buen consultor, esbozó una sonrisa y dijo “El éxito en este negocio es cuestión de canas”. Él tenía en torno a los cincuenta años y la verdad es que le iba muy bien profesionalmente.

Reconozco que cuando le escuché pensé algo así como “¿Y eso es todo lo que se te ocurre recomendarme?”. Sin embargo, a lo largo de los años he ido comprobando y comprendiendo el significado de esas palabras. Tras veinte años ejercicio profesional por cuenta propia he comprendido que el éxito en un negocio requiere cierto tiempo. Y no simplemente que pase el tiempo, sino un tiempo de aprendizaje que te ayuda a consolidar tu posición en el mercado y a depurar tus técnicas, metodologías y herramientas haciéndote más competitivo.

No es verdad que hagan falta canas en el pelo para tener éxito, de hecho no hay más que ver la edad de algunos de los grandes triunfadores de los negocios, pero sí que pase el tiempo necesario para que, a base de equivocaciones y asunción de nuevos retos, el emprendedor aprenda y mejore su empresa.

  • Con  el tiempo y los errores, consolidas tus conocimientos
  • Con un mayor conocimiento realizas planteamientos más competitivos al mercado
  • Con planteamientos competitivos generas confianza
  • Con confianza consigues contratos

El ciclo del aprendizaje continuo es, posiblemente, uno de los elementos que contribuye en mayor medida al éxito de un proyecto emprendedor.

Analiza tus acciones, evalúa las reacciones de los clientes, contrasta el resultado que tienen tus productos y servicios. Aprende permanentemente y cambia tus estrategias para adaptar tu negocio cada vez más al mercado y conseguirás resultados. No pienses que la causa del fracaso está fuera, en una crisis o en la competencia. La causa del fracaso profesional está, en gran medida, en la falta de aprendizaje. En no saber cómo posicionar el negocio de manera que sea demandado y deseado por los clientes. Emprender es aprender.

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