¿Vamos hacia la compra – venta de países y Estados?. La pregunta puede sonar extraña. Sin embargo, si echamos un vistazo a las noticias que durante los últimos años y especialmente en los últimos meses aparecen sobre economía, nos daremos cuenta de que muchos de los términos empresariales y de los movimientos que tradicionalmente han sido propios de las empresas, se están aplicando al caso de los Estados.

Diversos países, incluso europeos, han entrado en suspensión de pagos e, incluso en riesgo cierto de quiebra. Lo que siempre ha sido una inversión segura (la deuda pública) ha dejado de serlo e incorpora ya sus dosis de riesgo. Las medidas de contención del gasto se encuentran en unos niveles jamás pensados para las administraciones públicas. Ahora se buscan medidas económicas eficaces, diseñadas e implementadas por gestores profesionales con un perfil más “empresarial” que político.

Las instituciones que cuidan de la seguridad económica del mundo, en especial de Europa, han salido en defensa de algunos países cuyas economías han entrado prácticamente en quiebra, con unas cifras de deuda pública y unas magnitudes económicas imposibles de sostener. Y, ¿cómo lo han hecho?. Básicamente “rescatando” con intereses preferentes, aumentos de plazos de devolución y periodos de carencia. Eso sí, todo esto no es gratis y el “rescate” hay que devolverlo con su principal y sus intereses correspondientes. Esto aumenta el riesgo de que un país que no cuenta con recursos económicos necesarios para hacer frente a la deuda principal, la ve además incrementada. ¿Y si no puede pagar tampoco pasados los plazos establecidos?. ¿Y si no es capaz de definir un modelo económico capaz de generar los recursos necesarios para pagar la deuda y ser además autosuficiente en el futuro?.

Cuando una organización privada debe dinero a sus acreedores y no es capaz de pagarlo, si quiere evitar la desaparición y no encuentra financiación, en ocasiones tiene que renunciar a parte de su propiedad y de su gestión poniéndolas en manos de estos acreedores. ¿Quién dice que esto no puede ocurrir a nivel de país?. Lógicamente, si quién presta dinero a un estado ve reiteradamente incumplido el compromiso de devolución, con los perjuicios internos que esto provoca a los gobiernos prestamistas, puede comenzar a plantearse cuestiones como “es que los gestores no saben hacerlo”, “deberían hacer esto o lo otro”. Si estas reflexiones vienen acompañadas por la aparición de un sentir ciudadano del tipo “no sé como damos dinero a ese país con lo mal que estamos aquí”, la cuestión puede volverse tensa y precipitar la búsqueda de alternativas “creativas” para cobrar esa deuda.

Es en este momento en el que algún gobierno podría pensar en la posibilidad de asumir parte de la propiedad y la gestión del país deudor, en un intento de recuperar su “inversión”. Al fin y al cabo “si he puesto mi dinero tengo derecho a decidir su gestión”. ¿No es tan raro, verdad?.

Sin embargo, si la economía primara en la decisión sobre el resto de variables y esta situación se produjera, se estaría ante la pérdida de la identidad nacional del país “quebrado”. Esto es ya una cuestión de mayor calado puesto que implica necesariamente consideraciones, no solo económicas, sino de índole social. ¿Qué pensaría la población de los países envueltos en esta situación?.

La reflexión es importante puesto que, muchas veces, tenemos tendencia a dar por hecho que las respuestas deben ser las lógicas, entendiendo por lógicas las que van acordes con nuestra propia opinión y punto de vista. “¿Cómo van a querer los ciudadanos perder su identidad como país?”, pensamos.  Desde nuestro prisma de país todavía superviviente, la mayor parte de nosotros no podemos siquiera imaginar la situación referida. Posiblemente estos prejuicios y creencias son las que han frenado hasta la fecha movimientos como los mencionados.

Pero, ¿qué tal desde el prisma de los ciudadanos de países tan golpeados como Haití, Zambia, Moldavia y otros de los que aparecen en el ranking de los países más pobres del mundo según el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas?. ¿Qué pensarían sus ciudadanos si fueran “comprados” por otro país?. Cuando no se tienen recursos para devolver los préstamos internacionales, cuando ya no consigues préstamos y, por supuesto, cuando crecer o, simplemente, sobrevivir se torna casi imposible el punto de referencia podría variar.

Estamos hablando de casos que, aunque son reales y por desgracia existen, podríamos considerar como “extremos”. Sin embargo, si la crisis que afecta globalmente a todo el mundo, incluidos los países desarrollados, lleva a más Estados a una situación de deuda sostenida en el tiempo y creciente en cuantía y si no se generan alternativas para crecer y alcanzar la “independencia financiera”, la situación puede mutar hacia términos hoy impensables e impredecibles.

¿Compra – venta de países en Europa u otras zonas desarrolladas?. ¿Quién sabe?, ¿por qué no?. Es cuestión de tiempo.

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