Era el año 2016. Madrid celebraba por fin sus Juegos Olímpicos, tal y como se había decidido en 2009 y estaba en pleno apogeo. Las calles estaban abarrotadas de gente y la ciudad emanaba vida y energía. En medio del bullicio yo, pletórico, paseaba feliz con mi familia. Mis hijos crecían e iban bien en sus dedicaciones y mi actividad profesional estaba plenamente consolidada. Mi salud y la de los míos se encontraba en uno de los mejores momentos. Ya hacía tiempo que no visitábamos aquellas consultas que, con los críos, estuvimos frecuentando durante años. Justo como yo quería.

Aquella tarde, para acercarnos al estadio de “La Peineta” en el que se celebraba la quinta jornada de atletismo, habíamos decidido utilizar nuestro flamante coche. La verdad es que era el que siempre había querido. Siempre anhelando tener un buen coche y ya lo había conseguido. Llegamos y nos sentamos en las butacas que teníamos reservadas previamente, cerca del palco de autoridades, en uno de los mejores sitios. El espectáculo fue genial. ¡Esfuerzo y competición en estado puro!. En esa manga, medalla de oro para los nuestros y ya un paso más cerca de las finales.

Tras salir del estadio, dejé a mi familia en casa y me acerqué a la oficina para mantener una reunión con un importante cliente que había venido a Madrid desde Estados Unidos aprovechando las olimpiadas. Cuando llegué, entré por la recepción y recibí una calurosa respuesta por parte de mis colaboradores una vez que les dirigí un afectuoso saludo. La verdad es que habíamos conseguido ser “una gran familia” dentro de la empresa. La sala estaba preparada, los medios audiovisuales listos y el proyecto perfectamente terminado. Un gran trabajo del responsable de proyecto que facilitaría las cosas para conseguir uno de los mayores contratos hasta la fecha.

Llegó el cliente, charlamos frente a un café, revisamos la presentación y llegamos a un acuerdo que implicaría trabajo y crecimiento para los próximos tres años. Por fin, la expansión internacional que andaba buscando.

A las 20:30 llegué a casa, lleno de energía y muy satisfecho por el acuerdo conseguido. Saludé con efusividad, repartí besos y abrazos y me puse a jugar con mis hijos. Cenamos todos en familia y el momento fue maravilloso. Tanto mi mujer como yo nos quedamos un rato con los niños antes de que se durmieran y contamos mil y una historias. La armonía y el amor gobernaban nuestro hogar desde hacía años.

Una vez dormidos “los niños”, aunque alguno ya no lo era tanto, y antes de retirarme a descansar dediqué un espacio a la reflexión, como hago todos los días. Además de repasar los acontecimientos del día, dar gracias por ellos y revisar lo que había aprendido, esta vez decidí evaluar lo que había conseguido hasta la fecha y, sobre todo, lo que había hecho desde que en el año 2009 decidí definir mis metas y trabajar con persistencia para conseguirlas.

A nivel personal, mi vida era como yo quería, con una mujer y unos hijos estupendos que me apoyaban en lo que emprendía y eran mi verdadero soporte emocional. En el plano económico y profesional, contaba con todas las cosas que me había propuesto siempre y me dedicaba a lo que verdaderamente me llenaba. Mis relaciones me satisfacían plenamente, practicaba deporte habitualmente y me encontraba bien de salud, “en plena forma” diría yo. Me sentía orgulloso.

Pero esto no siempre había sido así. Las preguntas claves eran ¿cómo lo había conseguido?, ¿qué planes y actuaciones había puesto en marcha desde 2009?, ¿qué decisiones me habían ayudado durante los últimos años a conseguir mis objetivos?, ¿qué cosas habían cambiado?.

Hice una lista y anoté algunas cuestiones que me parecieron importantes y que me ayudaron a tomar conciencia y a reforzar mi sistema de creencias.

Cada año, desde 2009, había fijado mis metas y objetivos, tanto personales como profesionales, claramente y por escrito.
– Cuando me ofrecieron la posibilidad de abrir la nueva línea de negocio internacional hace dos años, acepté sin dudarlo, a pesar del riesgo que suponía y del esfuerzo que sabía que tendría que realizar.
– La progresión de la empresa se había producido siguiendo un plan preciso y trabajando con los socios y colaboradores más adecuados. Cada año desarrollábamos un plan de acción detallado en el que definíamos todas las actuaciones relevantes para cada área.
– Aquel año en el que tuve una situación familiar especialmente tensa a causa de mi “exclusiva” dedicación al trabajo, tomé la decisión acertada, equilibrando mi atención entre mi familia y mi trabajo.
– Tras dejar de fumar, retomé el deporte que tanto había practicado de joven. Establecí una rutina deportiva y la convertí en hábito.
– Había ampliado enormemente mi círculo de relaciones, tanto a nivel personal como profesional. Creo que este es uno de los puntos que más había influido en mis logros.
– Todo había costado esfuerzo, pero había trabajado siempre con dedicación y persistencia.

Estaba muy concentrado, tratando de recordar los hitos más importantes de mi proceso de crecimiento cuando, de repente, empecé a escuchar una agradable melodía. Una mezcla entre clásico y fussion que me inspiraba positivamente, me daba seguridad y mucha tranquilidad. Me centré por unos minutos en aquella música hasta que me sentí pleno de energía y con ganas de afrontar nuevos retos.

Abrí los ojos y me desperté con una sonrisa. Había sido mi fiel radio-despertador que me avisaba como cada día de que comenzaba una nueva jornada de vida, familia y trabajo.

Permanecí durante unos instantes en la cama, en un cierto estado de confusión. Con esa sensación entre sueño y realidad. Miré el calendario y vi la fecha: 7 de septiembre de 2009. Comprendí entonces que había tenido un sueño, un gran y bonito sueño. Todas las cosas de las que disfrutaba en el sueño, los objetivos que había conseguido y los planes emprendidos están aún por emprender.

Ni Madrid es ciudad olímpica todavía, ni yo he pensado siquiera en una posible expansión internacional para mi negocio. En mi oficina solo hay un socio y colaborador junto al que lucho contra un mercado en situación de crisis. Con respecto al coche, no se puede decir que sea flamante, aunque funciona bien. Es verdad que ya no fumo, pero todavía no he establecido mi rutina deportiva.

Lo único que es exactamente igual ahora que en el sueño es mi familia, con menos años pero igualmente maravillosa.

Sin embargo, a pesar de que todo haya sido un sueño, esta noche ha cambiado mi vida. Ahora se que es lo que tengo que hacer para crecer y conseguir el éxito a todos los niveles. El sueño me ha dado las claves. La lista de planes y actuaciones que en el sueño me ayudaron a vivir con éxito en 2016, son precisamente los planes y actuaciones que debo poner en marcha a partir de hoy. Así, lo conseguiré.

Ya se que tengo de que definir mis metas y objetivos cada año. Aceptaré los nuevos retos que se vayan cruzando en mi camino. Buscaré los socios y los colaboradores más adecuados para mi negocio. Trabajaré en un proyecto de expansión y crecimiento. Y, sobre todo, dedicaré esfuerzo y seré persistente.

Haciendo estas y otras cosas, ya he visto lo que conseguiré y se como me sentiré. Y lo más importante, se que es posible conseguirlo porque “yo ya he estado allí”.

“Si lo puede soñar, lo puede hacer” (Walt Disney)

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